Las grandes guías de viajes que podemos encontrar en Internet pueden crearnos el espejismo de que no merece la pena viajar solos. No obstante, las obras maestras de ese olvidado género literario que constituyen las memorias de viajes apuntan, precisamente, en la dirección contraria. Viajar en solitario puede convertirse en una experiencia fascinante y edificante, siempre y cuando se tomen ciertas precauciones para hacerlo con seguridad.

La principal recomendación que suele hacerse a cualquier viajero solitario es que trate de emular al máximo el comportamiento y la apariencia de quienes viven en el destino escogido. De este modo, el visitante suscitará menos interés entre los delincuentes, que podrían no ver en él a un turista desnortado. Lógicamente, habrá muchas ocasiones en las que no sea posible este fingimiento (por motivos raciales, por ejemplo). Incluso en estos casos, es altamente recomendable tratar de ser uno más en esa sociedad.

Junto con este trabajo de mimetismo, el viajero debe evitar hacer ostentación de su riqueza (o de su supuesta riqueza a ojos de los ladrones). Esto está íntimamente relacionado con las características del destino, puesto que si se viaja a un país pobre no parece muy apropiado llevar un lujoso reloj o vestir siempre con ropa de marca. Sea como sea, hay que procurar no alejarse de las zonas más turísticas de las ciudades, así como transitar únicamente por las vías mejor iluminadas. Posiblemente, en Internet será muy sencillo encontrar mapas con las zonas a evitar en cualquier destino.

Elevando un peldaño las precauciones, no está de más ser igualmente precavidos en los hoteles. Generalmente, tendemos a pensar que el hotel es siempre un punto seguro, estemos en la ciudad que estemos. Es posible que así suceda con las cadenas más lujosas pero, si se opta por alojamientos más económicos o peor ubicados, es preferible que nadie sepa en qué habitación pernoctaremos. El Departamento de Estado norteamericano recomienda reservar habitaciones a partir de la tercera planta del hotel, conociendo en todo momento dónde se encuentran las salidas de emergencia.

Y aunque el propósito de nuestro viaje (o, al menos, una feliz consecuencia del mismo) sea disfrutar de la soledad y desconectar de nuestras rutinas diarias, siempre hay que informar de nuestros pasos. Amigos, parejas y familiares deben saber dónde nos encontramos y disponer de alguna vía de contacto con nosotros. No se trata de que nos bombardeen con mensajes o consultas triviales sino de que puedan actuar en caso de que surja algún problema o nos quedemos incomunicados. Para redondear las prevenciones, nunca está de más conocer algunas técnicas de autodefensa y, por supuesto, hacer amigos en el destino.